Se acerca el día de la madre y no puedo menos que recordar este tema que le cantaba a mi hijo de pequeño, porque es mi enano y aunque sea ya un hombre hecho y derecho, siempre será mi enano.
Es un buen hijo y estoy orgullosa de él. Como dice Augusto en la película de Gladiador, sus defectos como hijo son mi fracaso como madre. Quizás por eso se los perdono tanto.
Veo a un hombre sencillo, noble, luchador, defensor de sus principios. Un hombre preocupado por la felicidad de los demás a través de la cual recibe la suya propia, que sabe mirar a los ojos y entender sin necesidad de juzgar. Amigo de sus amigos, considerado con sus enemigos. Un hombre que a pesar de todo lo vivido no se rinde y aún cree en los demás y en sí mismo.
Veo al niño que vive aún dentro de ti. A veces travieso, a veces gruñón, a veces triste o preocupado pero las más alegre y juguetón. Cariñoso y detallista.
Veo como te brillan los ojos cuando me miras y como sonríen en silencio.
Cada semana paso horas en mi habitación pensando en ti. Dentro del pequeño mundo que he creado esperando que el fin de semana te traiga de nuevo conmigo. Cada rincón de ella está lleno de ti, de todo lo vivido junto a ti. Momentos de pasión, de ternura, momentos para charlar, para reír. Momentos para descansar al calor de tu piel y al ritmo de tu respiración. Momentos para soñar y momentos para afrontar la realidad.
Ahora ya lo sé. Vine hasta aquí para saberlo. Quiero amarte y tratarte bien cada día y cada noche. Estaremos juntos con un techo justo sobre nuestras cabezas y ya no será nunca más mi cama de soltera. Compartiremos el refugio. No necesito más. Gracias por poner tus cartas sobre la mesa.
Hace aproximadamente un año que en el lugar más imprevisto apareció mi primavera. Quizás porque era abril, quizás porque volvemos a estar en abril, me siento un volcán de emociones antiguas y nuevas o simplemente tal vez porque siempre estuve dispuesta a personarme en la salida.